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por Osvaldo Guevara.
Cannabis, el libro que ahora presentamos, en cierto modo nos sorprende, ya desde el título, que designa una planta de cuyas flores y hojas se obtienen la marihuana y el hachís. Aún siendo emblemático, difícil no asociar el vocablo con las ideas de alucinación, éxtasis, desmadre. Y los poemas concretan ese anticipo titular. Divididos en dos grupos –subtitulados Himnos Paganos el primero y Cannabis el segundo- recorren un itinerario de intensidades tensas, que parecieran lanzadas a la caza de una culminación, un clímax, una catarsis expurgativa.
Garro Aguilar no renuncia en Cannabis –pienso que no podría- a su lirismo esencial. Por subido que llegue a ser el tono, el sentimiento que rige su palabra mana de un fino temblor de alma, sigue siendo empecinadamente lírico. Pero el lenguaje es aquí menos contenido, su fluir más libre, sus asociaciones más indiferentes a los mandatos de la lógica. Pudiera asegurarse que, del reservorio de sus lecturas y aprendizajes, brota una vena surrealista que él maneja con oficio y maestría. Hablar del movimiento que tuvo por pope al francés André Bretón es aludir a la palabra eruptiva, mecida por los desnudos vaivenes de la libre asociación mental y verbal.
“El poeta surrealista –sostiene Aldo Pellegrini, talentoso escritor argentino y estudioso medular del movimiento que se impuso desde las décadas iniciales del pasado siglo- utiliza la imaginación de un modo particular: para permitirle la mayor amplitud de acción, la total espontaneidad, elimina toda traba racional. Recurre para ello a un procedimiento que le es peculiar, el automatismo, así como a la utilización del material de los sueños, de los estados crepusculares y mediúmnicos, de los estados delirantes”. “El automatismo-dice después Aldo Pellegrini- tiene similitud con el procedimiento de asociación libre usado por Freud en el psicoanálisis. Su función consiste también en abrir las puertas del inconsciente, para permitir la expresión directa, sin la censura de la razón. (...) El modo como se desencadena el chorro verbal, el chorro de imágenes, mediante el automatismo, (mecanismo semejante al que los antiguos llamaban inspiración), parece el resultado de potencias centrífugas que parten de lo profundo del espíritu donde se hallarían sometidas a intensa presión”
Son de especial interés, para quienes han llegado a pensar que la escritura automática es un veneno natural de poesía, sin intervención del raciocinio, las consideraciones siguientes, del autor que venimos:”El poeta utiliza los productos surgidos espontáneamente del automatismo, ordenándolos posteriormente según las necesidades del poema”Y trae a colación lo expresado por el poeta surrealista Luis Aragón, acerca de la espontaneidad irresponsable: “Si escribís, siguiendo un método surrealista, tristes imbecilidades, serán, sin atenuantes, tristes imbecilidades”.
Nada mas lejos de esa actitud infantil-que algunos aún hoy adoptan- que el poetizar de Garro Aguilar, siempre vigilante de su palabra, siempre atento al sentido vertebral de su discurso lírico, aunque, como ocurre en este libro que estamos presentando, se trate de una palabra incandescente, proclive al desmadre. Tal lucidez nos induce a preguntarnos si la filosofía, disciplina que ejerce y en la cual se licenció , no ha representado un obstáculo para su mester poético. Y no sólo no lo condiciona, sino que, por el contrario, lo sustenta, al reforzar la hondura de su mirar lo existente. Dámaso Alonso, advirtiendo el peligro que significó para Antonio Machado el graduarse en filosofía, escribió<.”No hay poeta –ni siquiera hombre-sin filosofía. Pero el poema y su creador tienen que llevarlo dentro, sin mostrarlo y aún sin conocerlo, como el melocotón ignora su hueso”. Y es lo que trasunta la palabra eminentemente poética de Carlos Garro Aguilar.
En una entrevista que le efectuara el diario La Mañana de Córdoba, al abordarse el tema Filosofía y Poesía en la escritura, asevera Garro Aguilar que “el poetizar se asemeja a la mirada metafísica. Ambas miradas van quitando los velos de la realidad”.En el mismo reportaje, el poeta manifiesta una convicción con la que nos identificamos:”La poesía auténtica, que también es denuncia y desnuda todo tipo de miseria humana, ha sido portavoz de los que no tienen, de los olvidados”.
Las respuestas del entrevistado son substanciosas, graneadas de destellos líricos. Y más que reveladoras resultan cuando se le pregunta “¿Por qué Cannabis?”.
“Cannabis responde Garro Aguilar, es una experiencia poética que surge de la experiencia previa de fumar y a partir de allí comprobar como /el humo poderoso de la tierra/ la planta sagrada posibilita la caída de todos los mecanismos represivos del lenguaje, permitiendo que emerja así una palabra cargada de esa inocencia primordial de la que la cultura contemporánea nos va despojando.(:::)Todas las culturas antiguas del planeta poseyeron y poseen sus alucinógenos, sus hierbas mágicas, sin las cuales no hubieran podido desenvolverse con éxito social. Las plantas sagradas les permitían ver y conocer todo ese mundo al que la vigilia cotidiana impregnada de pura racionalidad y deberes les impedía acceder. Cannabis es una búsqueda poética de la palabra original, una búsqueda de lo que late por atrás de los resortes, de los cepos de la cultura oficial represiva”
En la parte segunda de las dos de la que consta el poemario, el pasaje quinto de los seis que la integran en sucesión unitaria, es un escueto nomenclador, en su casi totalidad, de las “hierbas mágicas”, y concluye con versos definitorios:
Nombres de tus hermanas
Cannabis
nombres
para indagar lo invisible
lo intangible
lo que siempre se escurre
pero aguarda
mas allá de las voces
más allá del silencio.
El poema siguiente, que cierra el breve libro, constituye una rúbrica lindante con el jadeo lírico y consecuente con la temperatura emocional de tales páginas.
Cannabis
esplendor
esplendor de la hierba
esplendor del rocío
esplendor del rocío
enjoyando la hierba.
Cannabis
sólo tú nos permites
dialogar
aceptar el reinado
de la muerte.
Sólo quien no abomina
de la muerte
puede imaginar las puertas
de la eternidad.
Cannabis
usúrpame
despuéblame
libérame
sumérgeme
en la animal castidad
donde toda violencia
conduce al paraíso.
Cannabis
anula disuelve rompe
toda máscara
toda coraza
toda certeza.
Lleva esta sangre
hasta ese río.
Río de la palabra desatado en el tiempo.
En Fedro o de la Belleza, Platón, que a diferencia de Aristóteles, no abjuraba de la metáfora para filosofar, enfatiza: “...Cualquiera que, sin la locura de las Musas, accede a las puertas de la poesía confiando en que su habilidad bastará para hacerle poeta, ése es él mismo un fracasado, de la misma manera que la poesía de los locos eclipsa a la de los cuerdos”.
Aunque tratándose del amor, Cannabis no es, como resultado previsible, para nada platónico, seguramente a Platón le habría placido leer el libro de Carlos Garro Aguilar, cuya palpitación podrán tener ustedes con su lectura. Otorguen sus poemas legitimidad a la lealtad de este intento de análisis que con toda modestia hemos consumado, con palabra que llaman ahora a un necesario silencio.
Osvaldo Guevara.
Domingo 19 de agosto de 2007, mediodía.
Villa Dolores, provincia de Córdoba.
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